¿Qué es la teoría de los costes hundidos?

Visto en The Huntington Post de Natalia Matín Cantero en [Enlace retirado]

Las vacaciones son un buen momento para emprender nuevas aventuras, pero también para dar carpetazo a proyectos que, a pesar del tiempo y energía invertidos, están destinados al fracaso.

Una relación sentimental sin futuro que se alarga y se alarga cerrando el paso a otras posibles parejas; un trabajo que te horripila pero para el que te has preparado largamente; un negocio que, a pesar del dinero y energía invertidos, tiene escasas posibilidades de salir adelante. Son tres ejemplos de proyectos que, pese a toda esa energía, tiempo o dinero, parecen destinados al fracaso pero cuesta horrores abandonar.

Tanto en cuestiones trascendentes, al estilo de las planteadas, como en temas menores, la tendencia es a adoptar decisiones que justifiquen las anteriores, aunque ya no resulten válidas. O, si se prefiere la versión de andar por casa, más vale malo conocido que bueno por conocer. Es natural comprometerse con la decisión que uno toma y querer que resulte exitosa, pero el problema llega cuando nos negamos a abandonar un proyecto que ya resulta inútil, porque se ha invertido mucho en él. Somos, en suma, muy poco racionales.

La cuestión es que, cuando uno se detiene a reflexionar –y las vacaciones son el tiempo ideal, ya que disponemos de ese precioso recurso, el tiempo, necesario para ello– quizá lleguemos a esta importante conclusión: los costos no recuperables –el tiempo, energía, dinero invertidos– son irrelevantes de cara a las decisiones actuales. Cometen este error los generales que continúan destinando más y más recursos (vidas humanas, tristemente) a batallas perdidas, o los ejecutivos que siguen derrochando fondos cuando está claro que la iniciativa no va a salir adelante…sigue leyendo

Solo de Piano

Visto en (Enlace retirado).
En una fría mañana de diciembre un piano solitario aparece abandonado en una acera de Nueva York. Es entonces cuando el cineasta Anthony Sherin desde su ventana se fija en él. Durante las próximas 24 horas observa como los transeúntes se detienen junto al instrumento y lo rozan haciéndolo sonar. Una melodía que es apagada por el ruido de los coches, camiones y sirenas de Broadway. Con la imágenes resultantes crea un poético corto documental que narra las interacciones de los transeúntes mientras el piano espera su destino.