Lan lenguas que hablaran nuestros hijos, si queremos.

Post de YOROKUBU.
Si tuviera un hijo, me gustaría que intentara aprender desde pequeñito al menos cuatro lenguas: español, inglés, chino y código.

Y esta preocupación, ¿por qué ahora? Podría ser porque muchos de mis amigos están empezando a ampliar sus familias. O tal vez porque muchos de ellos se están dando cuenta ahora de que, pese a haber estudiado inglés desde los seis años, su nivel supone una clara desventaja en el entorno competitivo global. Una brecha que ha limitado sus posibilidades de elección.

Me gustaría que nuestros hijos tuvieran facilidades para competir, más opciones para elegir dónde vivir, qué leer y, sobre todo, que pudieran tener una visión más completa del mundo que les permitiera interpretarlo y estar preparados para intervenir en él con más juicio.

Creo firmemente que disponemos de herramientas suficientes —desafortunadamente, muchas de ellas al margen del sistema educativo— como para capacitar a estos niños enseñándoles, entre otras cosas, estas cuatro lenguas.
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El primer catalan espanyolizado sigue vivo y evoluciona favorablemente.

De El Mundo Today

Jofre Sanaüja, conocido ahora como Jose Sancho, ha tenido el honor de ser el primer catalán españolizado según los criterios del Gobierno. El catalán, nacido en Ribes de Freser (Girona) hace 34 años, fue ingresado ayer en el Hospital de Bellvitge, donde se le intervino para equilibrar su vivencia identitaria.

“Nada más despertar de la anestesia, ha pedido ‘un finito y unah olivah’, preguntando enseguida ‘Dónde cohone sa metío mi muhé’”, confirman los especialistas. Sus dos hijos creen que ahora es “más simpático” pero lamentan que hable tan alto y se refiera a ellos como “lo shavalineh”.
Es más corpulento y luce un tatuaje de la Legión
Aunque el proceso de españolización tardará algunos días más en completarse -en estos momentos los expertos están añadiendo pelo en la espalda del catalán-, su dominio de la lengua castellana ha aumentado considerablemente y también su aspecto físico se ha “homogeneizado con respecto al fenotipo ibérico”, lo que se traduce en una mayor corpulencia y un tatuaje de la Legión en el bíceps derecho. “También le hemos puesto un buen par de ‘huevazos’ porque los que tenía antes parecían frutitas del bosque”, admiten los médicos.

Los próximos días, Sancho seguirá un programa de reeducación consistente en ir a los toros, ver en Madrid el último espectáculo teatral de Enrique San Francisco y rezarle periódicamente a la Virgen de la Aurora. “Se está adaptando muy bien. Ya ha besado la bandera de España, cosa que se negaba a hacer antes de la españolización, y piensa que el rey trajo la democracia a este país”, explican los expertos.

Sancho muestra un rechazo absoluto al independentismo catalán que antes abrazaba y ha anunciado a los suyos que “va a haber musho cambio en esta familia, joé. Quiero ser guardia siví”. Su esposa y sus hijos se sienten perplejos y asustados. Incluso el perro de la familia, un gos d’atura llamado “Fosquet”, ha reaccionado con agresividad cuando su dueño españolizado se ha referido a él como “Furbo”.
Esto está lleno de catalufos, joé
El gran reto de los especialistas es evitar que la operación muera de éxito: “Hemos detectado cierto odio a su identidad anterior y tememos que eso haga peligrar el equilibrio identitario”, reconocía Andrés Rodríguez, jefe del proyecto. El sujeto ha expresado varias veces su deseo de instalarse en Madrid y se ha quejado de que en el hospital haya enfermeras que no hablen español. “Quiero que me atiendan en mi idioma y que me zirvan una tapita de jamón o argo, joé”, insistía Sancho esta mañana. Andrés Rodríguez reconoce que no es bueno que el paciente quiera irse de Cataluña: “El objetivo no es vaciar Cataluña de catalanes a base de españolizarlos, queremos que se queden aquí”. Se espera que este problema se resuelva cuando haya más catalanes españolizados “y no se sientan minoría en su tierra”.

De la seducción al castigo

De Rosa María Artal en El Diario.es

Soraya antes y después / Montaje de Manuel Ansede

Enero 2009. Soraya Sáenz de Santamaría aparece en la portada del diario El Mundo en actitud sugerente. Es una entrevista de andar por casa, personal, en la que quien llegaría a ser vicepresidenta del Gobierno español está sentada en el suelo, envuelta en vaporosos tules, descalza, intensamente maquillada y retocada y con expresión –digamos- seductora. Poco más de tres años después, la vemos ataviada con vestido monjil hasta el cuello, mantilla cubriendo su pelo púdicamente recogido y un desmesurado recato. El tránsito es todo un símbolo del aparente cambio del PP.

Como en el cuento de Caperucita, antes de las elecciones el partido mostraba patita de cordero. No era la derecha rancia de toda la vida sino una moderna y liberal. Después emergió el lobo completo, ultraconservador, más fiero aún de lo previsto.

En Abril de 2011, Mariano Rajoy prometía de nuevo que su máxima prioridad sería el empleo. Añadía una solución que no pasó inadvertida a ciudadanos atentos: Hay que trabajar unas poquitas horas más o ganar un poquito menos. Los medios recogieron la frase entre líneas, no se atrevieron a reflejarla textual en toda su inmensa profundidad. Pero, en efecto, la reforma laboral demostraría que la pezuña con photoshop correspondía al lobo. Menos sueldo, más horas, y mayor facilidad para el despido. El paro nos cruje, va a más, y asistimos al doloroso desgarro de EREs dramáticos, y en condiciones miserables que ha posibilitado la ley del PP.

La memoria viva de los vídeos de Internet nos muestra la seducción que acabó en maltrato. La subida de impuestos era profundamente insolidaria con las clases medias. Del todo “inaceptable” pagar las “gracietas” del gobierno (del PSOE). El IVA se constituía en el mayor “sablazo” imaginable. Congelar el sueldo de los funcionarios suponía un inadmisible recorte. La sanidad y la educación jamás los tocaría un gobierno del PP. Los pobres tenían que ser menos pobres y la clase media dejar de ser perseguida. Decían: “que se hunda España, nosotros la levantaremos”. Y aseguraban que su gobierno daría “confianza” y se solventaría la crisis.

Aún aleteaban las pestañas y entreabrían la boca, agitaban el tul y marcaban atributos, aún arrullaban con cantos dulces cuando la realidad llegó una vez más disfrazada: las “subidas temporales”, los “gravámenes”, la “regularización de activos ocultos”, los copagos y repagos en sanidad, las exclusiones, el hacinamiento de las aulas, las fiambreras para comer, la subida de tasas en la Universidad, el desplume de la cultura, la ciencia y la investigación, la bajada de sueldos y acoso a los funcionarios que sostienen uno de los sistemas públicos más depauperados de Europa.

De negro riguroso ya, el PP enarbola el látigo para declarar delito –incluso contra el Estado- las protestas de los ciudadanos sojuzgados. Para enclaustrar a la mujer en el papel secundario que tuvo en tiempos de aciago recuerdo: tutelada en sus decisiones y abocada a regresar al hogar por los precisos recortes que se han estipulado. Para envolvernos en toros, inciensos, mantillas, sacristías, recato, escasez, penitencia, cilicios, lutos, la españolización por decreto. Para educar en la ignorancia, la sumisión y el infantilismo. Para culpar a los ciudadanos de los males que les aquejan y eludir toda responsabilidad en los hechos. Para ignorar el llanto y el desamor.

Esta España nuestra –quizás por la educación recibida durante siglos- muestra una especial querencia por el sadomasoquismo. Y por desenfocar la raíz de los problemas. El civismo no toleraría flagrantes mentiras, ni mucho menos el castigo social. Pero todavía hay quien gusta de ser flagelado y humillado. Y rechazar ser ciudadano libre y con dignidad.

De las sugerentes transparencias al embozo mojigato. De los pies desnudos a la gota malaya. Nos pronostican años de recesión y aumento del paro. Y los amos culpables se ensañan con la víctima rellenando de lucro botas ajenas. El mal sueño ha de acabar. No era seducción embriagadora, era photoshop. Y bajo los disfraces queda un desnudo que solo se mantiene para los crédulos por la elevada y desproporcionada autoestima de sus propietarios. Por su inmenso cinismo.