Caballa muere a manos de panga

De Mikel López Iturriaga. [Enlace retirado]
Con la intención de darme el placer de comer caballa fresca, el sábado pasado hice mi habitual ruta por el mercado de la Libertad de Barcelona. Allí pude comprobar en directo la extraña situación que se vive en las pescaderías hispánicas un día tras otro.

El panorama es el siguiente: la gente con posibles compra peces capturados en el mar fáciles de comer (merluza, rape, atún, lubina salvaje, etcétera) a precios de pulsera de Cartier. Los que van con el dinero justo se decantan por los de criadero (lubina, dorada, salmón), que son más asequibles y si te los comes con la nariz tapada no notas el regustillo a grasa metálica que te dejan en la boca. Y por último, las personas con menos escrúpulos no hacen ascos a los filetes de perca, panga y demás insípidas infamias venidas de algún fangal de Vietnam o de África.

Mientras tanto, los pescados pequeños y deliciosos que se han consumido toda la vida yacen en un rincón esperando a que algún alma caritativa se apiade de ellos y los compre. Eso si hay suerte y están, porque en muchas pescaderías ya ni los venden. Una excepción suelen ser los boquerones-anchoas y las sardinas… pero más de una persona de otras partes de España me ha contado que en sus ciudades también cuesta encontrarlos.

Todos estos pescados posiblemente sean los más sanos, no solo por las grasas beneficiosas en el caso de los azules, sino por mantener índices bajos de mercurio y otras porquerías al estar abajo en la cadena alimentaria. También son los más sostenibles, ya que no están tan expuestos a la sobreexplotación como las especies del primer grupo. Pero da igual: por lo visto, casi nadie quiere caballas, arenques, jureles o rubios. Antes de que se me acuse de pijo y de finolis por hacer ascos a la gran panga y preferir estos pececillos, aclaro que no se trata de una cuestión de dinero. Todos ellos son baratos, tanto que en muchos restaurantes de alcurnia no se sirven por considerarse comida de pobres. Por suerte, algunos cocineros los han empezado a reivindicar incluyéndolos en sus cartas, pero la onda expansiva no parece haber llegado a la calle.

Me pregunto cual Mourinho: ¿por qué? Pues solo se me ocurre una razón convincente: somos unos vagos sin tiempo. Los pescados azules de los que hablo tienen muchas espinas, y comerlos requiere un esfuerzo y una pausa que no estamos dispuestos a tomarnos. Un último consejo: tómese cinco minutos y limpie de espinas un lomo de caballa o de jurel con unas pinzas. Áselo junto a un filete de panga. Aliñe ambos con lo que más le guste, y después compare. Le aseguro que no volverá a comprar esa cosa con nombre de braga.

De Tomelloso

Del gran Francisco Navarro en su blog: El Blog del gasolinero – Yo tuve el ombligo frío

Tomelloso es mi ciudad, donde nací y vivo. Además de los chistes, las boinas caladas hasta las cejas y los eternos tópicos, ha dado grandes artistas, escritores y pintores sobre todo: García Pavón, Félix Grande, Eladio Cabañero, Francisco Carretero, [Enlace retirado], Marcelo Grande, José Luis Cabañas, entre otros muchos.

Sin desmerecer a ninguno de los pre-mentados, ni de los omitidos, genios en este pueblo, creo yo, solo ha habido dos: Antonio López Torres y Antonio López García, tío y sobrino, pintores ambos como de todos el sabido.

Al primero, ya fallecido, lo recuerdo comprando la prensa en el kiosko de la plaza, todos los periódicos, desde «El Alcázar» hasta «Mundo Obrero», con luenga barba, guardapolvos gris o bata blanca, la bicicleta de la mano, sujetándola del centro del manillar y los útiles de pintura en el porta-equipajes; sin hablar con nadie, menudo, rápido cuando iba andando, nervioso. Te lo podías encontrar en mitad de una era pintando lo que fuese con un sombrero de paja, de segador o trillador. Se comentaba que nunca vendió un cuadro.

El sobrino, Antonio López es universalmente famoso. Tiene efigie de pastor. Siempre me ha parecido un desertor del arado, un labrador que ha dejado el campo y se ha ido a Madrid a trabajar de albañil y que no sabe como llevar el traje, que le molesta, o le pica. Que soporta mal a la gente y el barullo y que solo es feliz oyendo de cantar al cuclillo. Admiro, por encima de todo, su modestia ¿Quién de nosotros siendo uno de los pintores vivos más cotizados, no sería más vanidoso que él?

Seguramente esté equivocado, pero creo que la genialidad es directamente proporcional a la modestia.

Uno mas de Arturo Pérez -Reverte


Sobre niños, vida y ajedrez
Hace poco pasé unos días como espectador de infantería en el legendario Magistral de León, un apasionante torneo de ajedrez que lleva veinticuatro años enrocado en la tierra natal de mi viejo amigo el capitán Alatriste. Esta vez el duelo era de campanillas: el campeón del mundo, Vishy Anand, contra uno de mis jugadores favoritos: el letón nacionalizado español Alexei Shirov, que ha estado dos veces a punto de alzarse con el título mundial. Y disfruté mucho, como digo. Una cena con Shirov me dejó en la cabeza, aparte de mucha simpatía por ese oso grandote y rubio de mirada tierna, algunas ideas útiles para cosas que ando escribiendo estos días. Pero lo que tal vez me interesó más fue el torneo de jóvenes talentos, donde una veintena de niños de entre doce y dieciséis años -el más torpe, capaz de darme mate en diez jugadas, sin despeinarse- compitieron entre sí con objeto de jugar la última partida, los finalistas, en la misma mesa y con las mismas piezas que utilizaban Anand y Shirov.

Lo de los críos y el ajedrez es, por cierto, una asignatura pendiente en España. Demasiado pendiente, creo. Un deporte que también es cultura; un juego antiguo como ése, fascinante, fácil de comprender ya por un niño de cuatro años, sólo es obligatorio en cincuenta colegios españoles y figura como actividad extraescolar en menos de un millar. Culpables de esto son los propios ajedrecistas, a menudo enfrascados en sus propias partidas e incapaces de organizarse para reclamar mayor presencia del tablero en los lugares adecuados; pero también son responsables los padres que, por indiferencia o ignorancia, privan a sus hijos del aprendizaje básico, al menos en su fase elemental, de una disciplina que consideran menos útil que el fútbol o las manualidades artísticas. Y sin embargo, pocos juegos son tan atractivos para un niño como ese lidiar precoz dotado de reglas de cortesía y comportamiento; ese juego divertido, agresivo y elegante al mismo tiempo, que enseña a pensar con razón y lógica a cualquiera que lo practique.

En lo que se refiere a nuestra clase política, imaginen. Su sensibilidad para este asunto equivale a la de un trozo de carne de cerdo poco hecha. El ministerio de Educación y los responsables del deporte español consideran el ajedrez -cuando se les obliga a pensar en él y no tienen más remedio- como la más fea del baile: algo desconocido e incómodo, difícil de encajar en planes educativos diseñados por psicopedagogilipollas seguros de que la igualdad y la excelencia se logran mejor si los niños juegan con muñecas y las niñas al fútbol que si se enfrentan, miden y conocen, al otro y a ellos mismos, sobre un tablero de ajedrez. Un ejemplo: aunque hace ya seis años el Senado aprobó por insólita unanimidad -tendrían prisa por irse de puente o cobrar dietas- instar al Gobierno a que facilitase la introducción del ajedrez en los colegios españoles, tanto el central como los autonómicos de entonces y de ahora se pasaron, y siguen haciéndolo, tan provechosa recomendación por el forro de sus respectivas legislaturas.

En fin. Qué quieren que les diga. Quienes de ustedes me leen desde La tabla de Flandes conocen la importancia que el ajedrez tiene en varias de mis novelas, como en mi concepción del mundo y de las cosas. Soy un mal jugador; pero crecí entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos están unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqué a ese juego desde muy niño, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en él claves útiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Después, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde eché a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos símbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encajé de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del peón aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condición humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las uñas la vida me despobló el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas útiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa.