Raó, raor, galán, lorito, papagayo, pámpano… El pescado más caro de España.

Me acuerdo de que mi compañero Toni y su hermano conocían un lugar secreto de apenas 100m2 muy cercano a la parte exterior del muelle de Palma de Mallorca y a 250 metros de las piedras del rompeolas, en el que según nos decía a Juan y a mi, muchas de las veces que iba allí se llevaba un buen monton de “raones”.

Por mas que intentamos que nos diera las señales precisas donde localizar el rodal, jamás conseguimos dar con él.
Siempre he pensado que nos daba las señales equivocadas para que no localizáramos su mina.
A pesar de que le invitamos innumerables veces a venir a pescar con nosotros en la barca del hermano de Juan, nunca conseguimos que viniera, quizá para no sentirse obligado a compartir con nosotros su secreto una vez que estuviéramos “en la faena” y le pidiéramos que nos llevara a su sitio mágico.
Yo creo que la primera vez que nos hablo del “puesto” en el que vivían los raones fue por que se le escapó, quizá debido a la emoción no contenida por haber tenido un día de pesca afortunada.
Recuerdo un programa de la tele balear en el que el cómico Xecs Forteza estaba pescando raones justamente debajo del colosal agujero de Na Foradada. Pescaba de verdad, pues sacó al menos un raó delante de la cámara.
Nunca conseguí pescar ni un solo ejemplar de tan magnífico pez, Juan, el hijo mayor de mi compañero Juan si que consiguió pescar uno, uno de los innumerables días de pesca juntos en la bahía de Palma de Mallorca.
Quizá para compensar, quizá por que se sentía obligado a invitarme a pescar con él, estuve una vez pescando calamares con Toni en su minúsculo llaut de madera. Nunca olvidaré ese día.
Nos acercamos a un punto determinado (puesto) al cual condujo su desvencijada barca, tomado al menos 3 puntos de referencia habituales: el cristo de Na Burguesa, una de las puntas de las torres de la catedral y la punta de la torre del Castillo de Bellver o alguna otra según el sitio de la bahía en que te encontraras, me llevó sobre un mar sin olas, liso como un espejo hasta que las 3 señas coincidían con sitios precisos en tierra, un ejemplo inventado sobre la marcha para mayor comprensión del lector podría ser: torre de la catedral encima de la torre de la Iglesia de San Miguel, El Cristo de Na Burguesa encima del Hotel Meliá y la torre del Castillo de Bellver en línea con la cantera de Son Vida.
Llegamos al punto elegido media hora antes de la puesta del Sol. fumamos, preparamos los sedales con las poteras y me enseñó la técnica precisa para subir los calamares.
Yo sabía que teníamos media hora como mucho para pescar desde poco antes hasta poco después de la puesta.

Esta foto la he tomado prestada de anjupesca.com
Así fue como hice la pesca mas maravillosa de mi vida, totalmente excitado por el esfuerzo y el fruto de la pesca pues sacamos 40 o 50 calamares en ese corto rato.
Al calamar hay que subirle sin pausa y cuando se acerca al aire hay que dar un buen tirón del sedal y meterlo dentro de la barca, apartarse para que no te dé el chorro de tinta mezclada con agua que suelta cuando se nota fuera del agua. Con un movimiento preciso el calamar se suelta de la potera la cual vuelves a meter en el agua y dejarla que llegue a mas o menos 2 metros del fondo.

Una vez al aire libre le ves cambiar de color casi continuamente pasando del bermellón al anaranjado y por ultimo al blanco gris.

La lectura del post que he visto hoy en el Blog de Juan Carlos Capel en [Enlace retirado] de hoy me ha hecho recordar los maravillosos días de pesca en Palma, os aconsejo que lo leais:
Las fotos son de ese post.

Antes de ayer hice más de 600 kilómetros para disfrutar de un pescadito que me entusiasma. Un pececillo de piel roja, semejante a un salmonete aplastado, que alcanza cotizaciones escandalosas: el secreto mejor guardado del Mediterráneo. Empleé un día entero en ir y volver desde San Pedro de Alcántara (Málaga) hasta el restaurante Alejandro (www.restaurantealejandro.es) en Roquetas de Mar (Almería) Pura militancia, o esquizofrenia gastronómica, o como queráis llamarlo.

Al final, por culpa de la mala mar, Alejandro Sánchez, su joven patrón, tan sólo había conseguido 6 piezas, dos por comensal, incluidos los dos amigos que me acompañaban. Lo que se presumía un festín se convirtió en una degustación medio frustrada.

Os hablo de unos pececillos de escamas rojizas y ojillos saltones, entre 12 y 16 centímetros de largo, que probé por vez primera hace 27 años en restaurantes del puerto de Mahón en Menorca. Tanto me gustaron que les dediqué un apartado en el “Manual del Pescado” que estaba terminando

Desde entonces su sabor y su textura me obsesionan. Poseen una carne muy blanca similar a lenguaditos grasos suavemente yodados. Aún así lo mejor es su piel gelatinosa, que funde en la boca como el tocino ibérico. Hace tres años Carme Ruscalleda me los presentó intactos con sus escamas blancas erizadas por efecto del aceite hirviendo que había vertido sobre su piel recién pescados. Algo fantástico…seguir leyendo