Las estatuas parlantes de Roma

Visto en viajology.com
Las Estatuas parlantes de Roma

Las llamadas esculturas parlantes son un grupo de estatuas de Roma en las que, desde el siglo XVI, se dejan textos satíricos criticando a la clase política y los problemas sociales.

Se trata de un grupo de esculturas que, a pesar de no tener ninguna relación entre sí en su origen, en la actualidad, y especialmente a partir del siglo XVI, se encuentran íntimamente ligadas entre sí gracias al carácter y la creatividad de los romanos. Esta es una de las muchas curiosidades sobre Roma.
PASQUINO

Se denominan esculturas parlantes ya que a partir del siglo XVI comenzaron a “hablar”, expresando sus ideas y criticando los problemas sociales de roma y a las altas jerarquías en forma de sátira. Lo que sucedía, y sucede actualmente, era que los ciudadanos de Roma, de forma anónima, dejaban textos escritos en la base de estas esculturas o colgados del cuello. Textos que normalmente iban dirigidos a criticar a los dirigentes del momento, y normalmente escritos a modo de sátira.

El grupo esta formado por seis esculturas repartidas por el centro de Roma:leer mas

Solo de Piano

Visto en (Enlace retirado).
En una fría mañana de diciembre un piano solitario aparece abandonado en una acera de Nueva York. Es entonces cuando el cineasta Anthony Sherin desde su ventana se fija en él. Durante las próximas 24 horas observa como los transeúntes se detienen junto al instrumento y lo rozan haciéndolo sonar. Una melodía que es apagada por el ruido de los coches, camiones y sirenas de Broadway. Con la imágenes resultantes crea un poético corto documental que narra las interacciones de los transeúntes mientras el piano espera su destino.

Lan lenguas que hablaran nuestros hijos, si queremos.

Post de YOROKUBU.
Si tuviera un hijo, me gustaría que intentara aprender desde pequeñito al menos cuatro lenguas: español, inglés, chino y código.

Y esta preocupación, ¿por qué ahora? Podría ser porque muchos de mis amigos están empezando a ampliar sus familias. O tal vez porque muchos de ellos se están dando cuenta ahora de que, pese a haber estudiado inglés desde los seis años, su nivel supone una clara desventaja en el entorno competitivo global. Una brecha que ha limitado sus posibilidades de elección.

Me gustaría que nuestros hijos tuvieran facilidades para competir, más opciones para elegir dónde vivir, qué leer y, sobre todo, que pudieran tener una visión más completa del mundo que les permitiera interpretarlo y estar preparados para intervenir en él con más juicio.

Creo firmemente que disponemos de herramientas suficientes —desafortunadamente, muchas de ellas al margen del sistema educativo— como para capacitar a estos niños enseñándoles, entre otras cosas, estas cuatro lenguas.
Sigue leyendo.

Sant Jordi y el dragón ( y el libro y la rosa)

“San Jorge empezó a adoptar la costumbre de aparecer mágicamente junto a los ejércitos aragoneses en de la batalla de Alcoraz, en 1096. A partir de entonces, cada vez que las cosas parecían torcerse para la Corona de Aragón, aparecía el guerrero “acompañado por caballeros del Paraíso”, como dejó escrito Jaime I el Conquistador hablando de las invasiones de Valencia y Mallorca. Como agradecimiento a los servicios prestados, Juan II de Aragón y Navarra lo nombró patrón del Reino a principios del siglo XV, y las Cortes Catalanas declararon festivo el día de San Jorge en 1456. Poco después empezó la tradición de asociar ese día a los enamorados y regalar a la persona amada una rosa, aunque la costumbre alcanzó un impulso definitivo gracias a la promoción oficial de la Mancomunitat en 1914.

La presencia del libro en la fiesta no empezó a ser relevante hasta los años treinta, cuando empezó a conmemorarse la muerte de Cervantes y de Shakespeare (aunque para que coincidan las fechas haya que hacer malabarismos con los calendarios juliano y gregoriano). La UNESCO acabaría internacionalizando el Día del Libro y los Derechos de Autor (!) en 1995, y la fiesta se extenderá a otros países bajo diversas formas. Me hizo ilusión enterarme de que en Japón se celebraba desde hace más de veinte años, aunque la crisis la haya puesto en peligro”.
Seguir leyendo el magnífico artículo de Josep Lapidario en Jot Down Cultural

Lo que quiero ahora

Visto en Detalent.
Artículo de Ángeles Caso.
Lo que quiero ahora

La Vanguardia. Magazine
19/01/2012

Ángeles Caso

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación -al menos la sensación- de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.

Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.

Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase.

Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí.

Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

Los gallegos y sus 70 palabras para designar la lluvia

Dice la -en este caso- equivocada cultura popular que un ejemplo de la adaptación de la lengua al medio en el que vive es que los esquimales tienen multitud de palabras para designar la nieve. El origen de este error se sitúa en el antropólogo Frank Boas, que en 1911, explicaba esto con cuatro palabras de diferente lexema para otros tantos tipos de nieve.

Aunque, como señala el programa de conservación de lenguas Sorosoro, el propio Boas explicaba que lo que sería expresado por una sola palabra en inuktitut puede serlo por un grupo de palabras en otra lengua, el daño estaba hecho y diferentes publicaciones científicas espolvorearon esta idea por el saber popular aumentado de manera exponencial el número de palabras que los esquimales utilizaban.

Pero que no cunda el pánico. Hay una muestra con más palabras y mucho más cercana: El idioma gallego contempla más de 70 vocablos para su nieve particular: la lluvia.

Elvira Fidalgo, profesora de Filología Románica en la Universidad de Santiago, hizo su tesis sobre la formación de las palabras gallegas para lluvia. “Los términos de Galicia”, explica, “como en la mayor parte de las lenguas romances, parten del pluvia latino, que era el elemento específico que caía cuando llovía”. Está acción, la del “agua de lluvia que cae”, era inver, de donde deriva el nombre de la estación más fría del año. Los hablantes de las lenguas románicas fueron poco a poco inventando nuevos nombres para el mismo concepto y variaciones del mismo, “entrando en cuestión cosas como el aspecto del día, el ruido que hace el agua al caer o las metáforas”.

Un ejemplo de esta variación metafórica en gallego sería el froallo, que según la Real Academia Galega es “una lluvia muy pequeña”. El término nace del latín floccum, que significaba una brizna de lana. Cuando antes se esquilaba a las ovejas y se aireaba la lana, esta soltaba un polvillo que se mecía blanco entre la brisa. “Esa imagen del polvo moviéndose”, dice Fidalgo, “ se trasladó a una lluvia que se pone a caer cuando hay rayos de sol y parece medio blanca”.

El origen onomatopéyico se ve en el lexema bab-, origen en palabras como babuña (“lluvia débil”) y que “refleja el sonido que hacen los bebes cuando todavía no hablan y por la baba en sí”, que se traslada a “una lluvia muy finita, pegajosa pero no desagradable”. Otros ejemplos serían patiñeira o lapiñeira, en las que pat- y lap- imitan el sonido al caminar entre charcos.

Pero la forma más común para la formación de palabras en las lenguas latinas es la derivación. Así, tanto barrallo y barrufa como zarzalo y zarracina vienen respectivamente de boreas y circius, palabra griega y latina para nombrar el viento del norte que traía las nubes de lluvia débil. Más ejemplos serían ballón (“Golpe de lluvia fuerte, abundante y de corta duración que se repite a lo largo de varios días) y su sinónimo lucense balloada, pero que en su caso están derivadas del bullar latino (ebullición) y relacionadas con el también latino battuere, de la que nace batega, (“lluvia intensa y de corta duración”).

Un lector avispado se habrá fijado en que la mayoría de los vocablos referidos hablan de lluvias débiles. Desde Meteogalicia explican que “aunque en Galicia hay todos los tipos de lluvia, los más comunes son los persistentes y de carácter débil”. La gran cantidad de precipitaciones en Galicia es debida a su situación como primer frente de defensa contra las borrascas que llegan del océano Atlántico cargadas de humedad y que la van perdiendo por la Comunidad Autónoma debido a la orografía. La pendiente que hay desde el océano a las montañas hace que las masas de aire asciendan, ayudando a formar las nubes de lluvia. La filóloga Fidalgo ve esta explicación razonable, pero también supone un componente afectivo al razonar que “con la lluvia débil es mucho más fácil convivir que con la fuerte”.

Pero la lluvia con más carga también tiene su sitio en el gallego. Así, arroiada, bátega, chaparrada, cebrina o cifra, entre otras, son precipitaciones con fuerza. Treboada, troboada, torbón y trebón hablan de rayos y truenos. Cuando la nieve y el hielo acompañan se da el auganeve, cebrina, escarabana, nevarada o la sarabiada. Si la neblina está presente, aparecen la borraxeira, brétema, cegoña, fuscallo y la néboa… Por fortuna, el gallego también contempla amizar, delampar, escambrar o estear. Son para cuando escampa.

Foto: Galipedia

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